Mayo 19, 2026 | Categoría: Inversiones
La toma de decisiones financieras suele modelarse como un proceso estable a lo largo del tiempo: los inversionistas tienen preferencias, actualizan sus convicciones y eligen carteras de forma predecible. Sin embargo, la investigación en la intersección entre la neurociencia y las finanzas ofrece una visión más compleja y realista. La forma en que las personas procesan la información financiera depende no solo de los mercados y los incentivos, sino también de cómo el cerebro va cambiando a lo largo de la vida.
La neuroeconomía, un campo que combina conocimientos de la neurociencia, la psicología y la economía, ha revelado que las decisiones financieras están moldeadas por tres fuerzas principales: el entorno en el que se encuentran las personas, las experiencias que han acumulado y los cambios biológicos causados por el envejecimiento.
Para los profesionales de las finanzas que asesoran a clientes, diseñan productos o elaboran políticas, las implicaciones son sustanciales, especialmente a medida que la población envejece y los activos para el retiro aumentan.
Este trabajo se centra en una idea simple: los sistemas cerebrales que apoyan el aprendizaje, la valoración y la evaluación de riesgos no son estáticos. Dichos sistemas evolucionan con el paso del tiempo y esos cambios afectan de manera sistemática el comportamiento financiero.
Hay tres sistemas cerebrales interconectados que desempeñan un papel fundamental en la toma de decisiones financieras. Un sistema responde con fuerza a las recompensas y las sorpresas positivas, fomentando la exploración y la toma de riesgos. Otro señala el peligro potencial y la incertidumbre, lo que promueve la cautela y la evasión. Un tercer sistema integra la información, apoya el aprendizaje y ayuda a regular las emociones para guiar las decisiones estratégicas.
Estos sistemas hacen posible que las personas aprendan de las ganancias y las pérdidas, estimen los resultados futuros y asignen valor a las oportunidades financieras. Sin embargo, su funcionamiento depende de la edad. A medida que el cerebro cambia, también lo hace la calidad del aprendizaje financiero y, con ello, el bienestar financiero.
Uno de los hallazgos más claros de la neurociencia es que el envejecimiento afecta la capacidad del cerebro para aprender de la experiencia, particularmente en entornos que requieren actualizar las convicciones sobre resultados inciertos, precisamente el tipo de entornos a los que se enfrentan los inversionistas.
Los adultos mayores se desempeñan igual de bien que los adultos más jóvenes en tareas que no requieren aprender según la retroalimentación recibida. Pero cuando las decisiones dependen de dar seguimiento a los resultados a largo plazo, como determinar qué inversiones son rentables, el rendimiento disminuye. Esto no se debe a que los adultos mayores sean menos inteligentes o menos cuidadosos, sino a que los sistemas neuronales que codifican la retroalimentación se vuelven más imprecisos.
En términos prácticos, esto significa que los inversionistas mayores son más propensos a cometer errores debido a malentendidos sobre qué opciones financieras son realmente mejores. Pueden aferrarse a activos inferiores, no reconocer cuándo cambian las condiciones o asumir riesgos que el entorno ya no justifica. Es importante destacar que estos errores suelen deberse más a la búsqueda de riesgos que a un conservadurismo excesivo, lo cual contradice la creencia común de que el envejecimiento da paso automáticamente a una menor tolerancia al riesgo.
El problema subyacente es que el sistema de recompensa del cerebro se vuelve menos preciso al monitorear los resultados. Las señales que antes distinguían claramente las buenas inversiones de las malas se vuelven más difíciles de interpretar. Con el tiempo, esto dificulta aprender a partir de la retroalimentación del mercado.
Los mercados financieros evolucionan. Es posible que las estrategias que funcionaron hace décadas ya no sean aplicables y que los regímenes económicos cambien con la tecnología, la demografía y las políticas. Los adultos mayores son particularmente vulnerables a estos cambios, no por falta de experiencia, sino porque sus cerebros son menos eficaces para detectar nuevos patrones.
A medida que las personas envejecen, se debilita la conectividad entre las regiones cerebrales involucradas en el aprendizaje y la valoración. Esto dificulta la actualización de las convicciones cuando las estructuras familiares ya no aplican. Como resultado, los inversionistas mayores pueden depender en gran medida de estrategias que les resultaron útiles en el pasado, aunque ya no sean las apropiadas.
Para los profesionales de las finanzas, esto ayuda a explicar un reto común en el asesoramiento: los clientes que se resisten a ajustar sus carteras a pesar de los cambios evidentes en las condiciones económicas. Esta resistencia no se debe únicamente a la inercia conductual, sino que refleja un cambio biológico en la forma en que se procesa la nueva información.
Aunque está claro que el aprendizaje cambia con la edad, las preferencias son más estables de lo que muchos suponen.
Hay evidencia contradictoria sobre los cambios en la tolerancia al riesgo relacionados con la edad. Algunos estudios indican que la disposición a asumir riesgos financieros disminuye con la vejez, mientras que otros detectan pocos cambios. Mucho depende de cómo se mide el riesgo y de si se toman en consideración factores del ciclo de vida, como las necesidades de ingreso o las limitaciones en la cartera de inversiones. Esto sugiere que las decisiones de inversión observadas a menudo reflejan circunstancias más que cambios profundos en las preferencias.
De manera similar, las preferencias de tiempo parecen ser notablemente estables a lo largo de la adultez. Los adultos mayores no son consistentemente más impacientes ni más pacientes que los adultos más jóvenes. Es posible que las fuerzas que compiten se anulen: una mayor atención al presente, por un lado, y una mayor confianza y menor impulsividad, por otro.
Donde la edad sí importa significativamente es en la confianza. Los adultos mayores son más propensos a percibir a los demás como dignos de confianza, incluso cuando las señales sugieren lo contrario. A nivel neuronal, las señales de advertencia que normalmente activan la cautela en situaciones sociales riesgosas se atenúan. Esto ayuda a explicar por qué los adultos mayores son desproporcionadamente tomados como blancos y son víctimas de fraude financiero.
Desde una perspectiva regulatoria y recomendatoria, este es uno de los hallazgos más importantes relacionados con la edad. La susceptibilidad al fraude no solo se debe a la educación o la vigilancia; refleja cambios en la forma en que el cerebro procesa el riesgo social.
Sería un error concluir que el envejecimiento simplemente deteriora la capacidad de tomar decisiones financieras. La realidad es más matizada.
Muchos adultos mayores no presentan los típicos déficits de aprendizaje anteriormente descritos. Otros los compensan con experiencia, reglas prácticas y regulación emocional. De hecho, los adultos mayores suelen tener un mejor desempeño que los adultos más jóvenes en el manejo de las emociones, evitando las trampas de costos irrecuperables (sunk-cost traps) y manteniendo la disciplina en situaciones de estrés.
Más que déficits, algunos cambios relacionados con la edad pueden reflejar variaciones en la motivación. A medida que las personas envejecen, pueden priorizar el bienestar emocional sobre la exploración, centrándose en preservar recursos en lugar de buscar nuevas oportunidades. Desde una perspectiva evolutiva, esto puede ser adaptativo.
Para los profesionales de las finanzas, la conclusión es clara: el envejecimiento no implica un declive uniforme. Existe una heterogeneidad considerable, y los entornos de decisión bien diseñados pueden marcar una diferencia significativa.
Si los retos relacionados con la edad se derivan principalmente del aprendizaje y la complejidad, entonces las soluciones deben centrarse en simplificar las decisiones y mejorar la claridad.
Las investigaciones demuestran de manera consistente que reducir la carga cognitiva mejora la calidad de las decisiones financieras de los adultos mayores. Presentar claramente los valores esperados, los resúmenes visuales y las comparaciones explícitas ayuda a compensar las señales de aprendizaje más confusas. Cuando la información se concreta y se presenta gráficamente, las diferencias de rendimiento entre adultos más jóvenes y adultos mayores se reducen drásticamente.
Las herramientas que demoran la toma de decisiones, resaltan las ventajas y desventajas y reducen la dependencia de las señales emocionales también pueden ayudar a proteger contra el fraude. Las medidas regulatorias que permiten pausas temporeras en transacciones sospechosas son particularmente efectivas, ya que introducen un margen de seguridad en momentos en los que la confianza puede anteponerse a la cautela.
Las innovaciones en tecnología financiera están comenzando a incorporar estos conocimientos, ofreciendo cuadros de mando (dashboards) que consolidan la información, alertas que señalan actividad inusual y métricas simplificadas de la salud financiera. Sin embargo, la mayoría de las herramientas aún se centran en simplificar la toma de decisiones en lugar de desarrollar la capacidad de tomar decisiones a largo plazo.
A medida que la población envejece y la riqueza se concentra en los hogares de mayor edad, comprender cómo el envejecimiento influye en la toma de decisiones financieras ya no es opcional. Los asesores, administradores de activos, creadores de políticas y diseñadores de productos operan en entornos en los que los cambios neuronales asociados a la edad son relevantes.
La principal conclusión de la neuroeconomía no es que los adultos mayores sean "malos tomadores de decisiones", sino que aprenden y responden de manera diferente a la información. El asesoramiento financiero que ignora esta realidad corre el riesgo de ser ineficaz o, peor aún, perjudicial.
Los enfoques más exitosos serán aquellos que respeten las limitaciones biológicas, aprovechen las fortalezas propias de la edad y diseñen sistemas que faciliten decisiones acertadas a lo largo de la vida. Las finanzas, tradicionalmente, se han centrado en los mercados y en los incentivos. El próximo reto es comprender el cerebro que hay detrás de la hoja de balance.
Fuente: Kuhnen, C. (2025, 31 de diciembre). How aging changes financial decision-making. Avantis Investors. Recuperado el 26 de febrero de 2026. https://www.avantisinvestors.com/avantis-insights/how-aging-changes-financial-decision-making/
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